Jaime Bayly - Carta a mi hija Camila



     Camila de mi corazón:
     Me parece increíble que tengas siete años. ¡Siete años, Cami! ¡Ya estás
     grande! Dentro de poco voy a ser un viejito y tú me vas a tener que
     cargar. ¿Te acuerdas cuando yo te cargaba en Washington y te llevaba a ver
     las ardillas mientras tu mami estaba en la universidad? ¡Cómo te
     encantaban las ardillas, mi amor! Aunque hiciera mucho frío y cayera
     nieve, tú me obligabas a llevarte a la calle para verlas saltar por los
     árboles de nuestro barrio. Tú las mirabas feliz y estirabas tus brazos
     como si quisieras tocarlas y subir a jugar con ellas. Eras mi ardillita
     adorada. Yo te apachurraba y te daba besitos en tus cachetes helados y me
     abrigaba contigo.
     Ni tu mamá ni yo sabíamos que ibas a ser una niña, Camilín. Cuando saliste
     de la barriga de tu mami, yo estaba atrás de ella ayudándola a respirar y
     de repente la doctora dijo it's a girl! y tú empezaste a llorar y yo
     también aunque no tan fuerte como tú y rapidito te pusieron en el pecho de
     tu mami y ya estabas tomando tu leche como una gatita, y te aviso que no
     era leche chocolatada, bandida, porque ya sé que ahora que tienes siete
     años sólo te gusta tomar tu leche chocolatada de la caja del conejito, y
     si te doy leche blanca se la terminas dando al gatito que se esconde abajo
     de mi camioneta, no creas que no te he visto, flaca traviesa.
     Tu mami es la mujer más buena del mundo y tú siempre debes ser muy
     cariñosa con ella, ¿ya? Cuando tú eras una bebita y estabas en su barriga,
     ella ya te quería muchísimo y te hablaba cosas bonitas y te ponía música
     clásica (el concierto para clarinete de Mozart y el piano bellísimo de
     Rachmaninov, sobre todo, que ahora te gustan tanto) y te cantaba canciones
     en inglés y te cuidaba como las leonas cuidan a sus cachorritos y no dejó
     nunca que nada malo te pasara. Acuérdate de esto siempre, Cami: tu mami
     tiene un corazón muy grande, grandísimo, del tamaño del mar, y antes de
     que tú nacieras ella ya te quería más que a nadie en el mundo, y por eso
     tú tienes que darle siempre muchos besitos y hacerla muy feliz y sobre
     todo hacerle sus galletitas de chocolate que tanto le gustan los domingos
     en la tarde.
     De los días que vivimos en Washington, la ciudad donde naciste, recuerdo
     especialmente, aparte de tu fascinación por las ardillas, una vez que me
     quedé cuidándote porque tu mami se había ido a clases y tú empezaste a
     llorar porque te dio hambre y sólo querías tomar leche del pecho de tu
     mami y yo, tratando de distraerte, te hice todos los jueguitos de siempre
     y te di tu biberón de leche en polvo y saqué tu gusanito de colores que te
     encantaba pero tú seguías llorando y yo no sabía qué hacer para calmarte y
     entonces se me ocurrió llenar la tina y meternos con tus patitos amarillos
     al agua y así estuviste un rato tranquila y contenta pero de pronto otra
     vez te dio hambre y comenzaste a llorar de nuevo y yo traté de darte tu
     mamadera pero tú sólo querías el pecho de tu mami, así que nos vestimos
     medio mojados y salimos disparados a la universidad y fuimos a buscar a tu
     mami como unos locos, tú llorando y yo corriendo, y por suerte la
     encontramos saliendo de su clase y ella te calmó rapidito y yo casi me
     desmayo porque te prometo que si no encontraba a tu mami ya iba a llamar a
     la ambulancia. No creo que te acuerdes de ese día, Camilín, porque tú ni
     siquiera tenías seis meses, pero te aseguro que nunca he corrido tan
     rápido por las calles de Georgetown: ese día corrimos tan rápido que creo
     que hasta pasamos a las ardillas.

     No sé por qué, ahora me acuerdo clarito de una tarde en que te estaba
     cargando en el departamento de Washington y de repente comenzaron a sonar
     unas sirenas bien fuertes y nos asomamos los dos a la ventana y vimos
     pasar una caravana de motos y carros negros y adentro de un carro negro
     enorme iba al presidente de los Estados Unidos, que por si acaso se llama
     Clinton, y con las justas lo pudimos ver cuando pasó rapidito y yo te
     abracé fuerte y me dio mucho pero mucho orgullo ser tu papi y sentí que
     prefería ser papá de Camila que presidente de Estados Unidos o del mundo
     entero.
     Cuando nos mudamos a Miami, vivimos un tiempo en un hotelito en la playa
     que seguramente ya has olvidado. ¡Cómo te gustaba bañarte en la piscina,
     Cami! Te pasabas horas chapoteando y no había manera de sacarte de allí.
     Pero lo que más te gustaba era perseguir a las gaviotas en la playa y
     tirarles panes y ver cómo se te acercaban chillando y comían los pedacitos
     de pan que tú les tirabas. ¿Te acuerdas que después, cuando vivíamos en el
     departamento frente al mar, ya no teníamos que bajar a la playa para
     darles de comer a las gaviotas porque ellas venían hasta el balcón y les
     tirábamos panes y ellas los atrapaban en el aire con sus picos anaranjados
     y se los comían en el acto y tú corrías feliz a la cocina por más panes
     hasta que de repente nos tocaban la puerta y era el guardián del edificio
     que venía a decirnos muy molesto que estaba prohibido darles de comer a
     las gaviotas desde el balcón porque después se hacían la caca encima de
     las señoras viejitas que estaban tomando sol en la piscina? ¿Te acuerdas,
     Cami, de las gaviotas volando frente a nosotros en el balcón y tú
     tirándoles panes y saltando de felicidad mientras hacías ruidos
     imitándolas? Te digo una cosa, mi amor: siempre que veo una gaviota, me
     acuerdo de ti y te veo sonriendo.
     ¿Qué sería yo sin ti, Cami? Antes de que tú vinieras al mundo, yo era un
     hombre muy triste. Tú naciste, me miraste sorprendida y me fuiste
     enseñando a ser feliz. ¿Y qué sería de ti sin tu helado favorito, Camilín?
     Desde chiquita te ha encantado comer helados todo el día, a toda hora,
     haga calor o frío. ¡Cómo te gustan los helados! Has salido a tu abuelo
     Nacho, que es tan buena gente y nunca se cansa de comer helados. Tú de
     repente no te acuerdas, pero tu helado favorito ha ido cambiando de sabor.
     ¿Quieres que te cuente? De bebita adorabas el helado de chocolate, pero
     sólo si lo chupabas de mi dedo, nunca de una cucharita. Cuando llegamos a
     Miami, tu helado favorito cambió de color: era amarillo, de mango. Te
     sentabas frente al televisor a ver El Rey León y comías feliz tu heladito
     de mango. Pero un día dejó de gustarte y tu helado favorito pasó a ser
     rojo, de fresa, servido además en vasito rojo de dálmatas porque en ningún
     otro vasito es igual de rico, ¿no es cierto? Ahora que ya tienes siete
     años, tu helado favorito es el de chocolate, igual que tu abuelo Nacho, y
     no cualquier heladito de chocolate: el que más feliz te hace es el que tú
     llamas de chocolate con chocolate, o sea, el de palito que viene afuera
     con una capa dura de chocolate y adentro bien relleno de más chocolate
     para que, al terminarlo, termines con tus bigotes marrones. ¿Te acuerdas
     del otro día en que me regañaste porque se habían terminado tus helados y
     yo no había ido al súper a comprarte más? Te prometo, Cami preciosa, que
     toda mi vida te voy a comprar tus helados favoritos. Voy a trabajar
     bastante para que tú puedas comer todos los helados que quieras. Lo que ya
     no te puedo comprar (y me da mucha pena) son tus galletas de hoja que
     tanto te gustaban, las rosaditas y las verdes, rellenas de chocolate, pero
     tú sabes que las vendían en el súper que cerró y no las tienen en el único
     súper que queda cerca de la casa, pero las galletas de oso que te encontré
     en vez de las de hoja, ¿también están ricas, no es cierto? Te voy a decir
     una cosa, bandida: con la cantidad de galletas de hoja que te has comido
     podríamos hacer una selva más grande que la de Tarzán. ¡Eres una dulcera
     como tu mami! ¿Tú sabes que cuando yo era chiquito decía que de grande
     quería ser heladero para comerme todos los helados de la carretilla? Ahora
     que soy grande todavía sigo queriendo ser heladero: heladero tuyo, para
     darte todos los helados que te hagan feliz, mi gatita.

     Si tú supieras, Camilita, Camiloca, todos los pequeños momentos en que me
     siento tan feliz de ser tu papá: por ejemplo, cuando vamos juntos al
     parque a montar bici y yo aprovecho para correr tres vueltas y tú me
     acompañas en tu bici y conversamos de lo más bien; cuando bailas con tu
     hermanita Paola las canciones de Shakira que tanto te gustan y me terminas
     haciendo bailar a mí también; cuando te pregunto con quién te vas a casar
     y tú me dices con nadie y yo te pregunto por qué y tú me dices porque
     quiero ser soltera; cuando me acompañas al correíto y abres el pequeño
     casillero a ver si te ha llegado tu catálogo de Disney que luego vas a
     marcar y recortar para que yo te compre muchas cosas lindas; cuando te
     preguntan delante mío qué quieres ser de grande y tú no lo piensas dos
     veces y dices escritora; cuando vienes calladita mientras yo escribo en la
     computadora y me dices que tú también quieres escribir y me dictas un
     cuento lindo en el que me hablas de Dios y al final lo titulas "Dios nos
     llamó" y yo después llamo a mi mamá a leérselo porque tu cuento es una
     belleza y sé que ella se va a emocionar; cuando vamos a volar cometas y de
     repente el cielo se vuelve negro y vienen unos vientos fuertísimos y se
     nos rompen las cometas y tú te asustas por la tormenta y crees que ese
     viento malo te va a llevar volando como a Dorothy en El Mago de Oz y
     corremos asustados a meternos a la camioneta, ¿te acuerdas del susto que
     nos dimos, mi amor?; cuando me das permiso para ver mis noticias y apagas
     tus dibujitos en la tele; cuando vamos al cine y nos emocionamos tanto que
     terminamos llorando los dos y comiendo un montón de canchita deliciosa que
     es un vicio; cuando vienes corriendo y me dices cuckoo-face y me haces
     cosquillas y me abrazas y me dices que me quieres; cuando me acompañas en
     la camioneta y cantamos esa canción tan bonita que descubrió tu mami que
     dice tus besos de hielo, yo los derrito con mi calor o esa otra de U2 que
     nos encanta que dice I wanted to run but she made me crawl, oh oh oh the
     sweetest thing, this is a blind kind of love, oh oh oh the sweetest thing;
     cuando llegas del colegio y me cuentas las cosas que has aprendido ese día
     y te comes todo tu brócoli porque eres una niña obediente; cuando te mando
     saludos en la tele y al ver la grabación tú saltas de la felicidad y me
     haces repetirte diez veces la escena y luego Paoli me pide que la repita
     diez veces más; cuando vamos a los carritos de carrera y nos pasan los
     niños malos a toda velocidad y tú me dices que es más rico ir despacio;
     cuando estoy durmiendo a Paoli y te escucho leer solita y bien despacio
     las primeras palabras de tu cuento de la Bruja Berta; cuando te dicto
     palabras largas como chirimoya o granadilla o hipopótamo y tú las escribes
     perfecto; cuando me dibujas como un flaco con unos anteojos grandotes pero
     que siempre sonríe; pero sobre todo cuando me ves en el aeropuerto y
     gritas ¡papi! y corres y te tiras sobre mí y me abrazas fuertísimo y yo
     siento que si no fuese tu papi no sería nadie.
     Una noche en mi cama te dije que antes de que tú nacieras yo era un hombre
     muy solo y muy triste y tú me dijiste yo sé, papi y me abrazaste como mi
     bebita que ha crecido y ya tiene siete años pero sigue siendo mi ardillita
     adorada. ¿Sabes también, Camila de mi corazón, que estos últimos siete
     años han sido los más felices de mi vida? Te voy a decir un secretito en
     el oído, Camilín: yo me he enamorado de una sola persona (y ella por
     supuesto es tu mami) y he escrito algunos libros (que cuando seas grande
     tú sabrás comprender) y he conocido gente súper famosa (no sueñes nunca
     con ser famosa: sueña con ser feliz) y he viajado a ciudades muy bonitas
     (extrañándote) y he hecho algunas travesuras (no por malo sino para reírme
     un poquito), pero te prometo que lo mejor que me ha pasado en toda mi vida
     es tener una hija tan linda como tú y otra como Paoli, tu hermanita
     preciosa a la que siempre tienes que cuidar. ¡Y pobre de ti que me vuelvas
     a bajar el pantalón cuando estemos en Blockbuster!
     Te adora,
     Tu papi.